domingo, 11 de septiembre de 2022

In Which Crass Voluntarily “Blow Their Own” (1986)

Best Before 1984 es un recopilatorio que incluye los singles de Crass, entre otras canciones, y se publicó en 1986, dos años después de la disolución de la banda. El vinilo incluía las letras de las canciones y un folleto que detalla la historia de la banda titulado ...In Which Crass Voluntarily “Blow Their Own”, que podríamos traducir como En el que Crass "sopla lo suyo" (?). Acá una traducción no profesional, el original acá. Alguna vez lo leí peor traducido en un fanzine y me había parecido el mejor resumén o acercamiento a la banda, hoy pienso lo mismo.

Mención aparte para sitios web como este que con paciencia y esmero comenzaban hace como dos décadas (¿o más?) a compartir estas cuestiones: crassdiy.tripod.com

Cuando, en 1976, el punk saltó por primera vez a los titulares de la prensa nacional con el mensaje “hacelo vos mismo”, nosotros, que de diversas maneras y durante muchos años habíamos estado haciendo precisamente eso, creímos ingenuamente que los señores Rotten, Strummer, etc., etc. lo decían en serio. Por fin no estábamos solos.

La idea de convertirnos en una banda nunca se nos ocurrió seriamente, simplemente sucedió. Básicamente, cualquiera era libre de unirse y los ensayos eran asuntos ruidosos que invariablemente se convertían en poco más que fiestas de borrachos. Steve y Penny llevaban escribiendo y tocando juntos desde principios del 77, pero no fue hasta el verano de ese año que habíamos mendigado, pedido prestado y robado suficiente equipamiento para llamarnos realmente una banda....CRASS.

 

Después de haber conseguido ensayar cinco canciones, emprendimos el camino de la fama y la fortuna armados con nuestros instrumentos y grandes cantidades de alcohol para ayudarnos a salir adelante. Hicimos conciertos y beneficios, demostraciones caóticas de ineptitud e independencia. Nos rechazaron por aquí, por allá y nos prohibieron la entrada al ahora legendario Roxy Club. Dijeron que sólo querían chicos que se comportaran bien, ¿creen que las guitarras y los micrófonos son sólo malditos juguetes?

A estas alturas nos habíamos dado cuenta de que nuestros compañeros punks, The Pistols, The Clash y todos los demás títeres musicales no lo estaban haciendo en absoluto. Les gustaba pensar que habían estafado a las grandes discográficas, pero era el público el que había sido estafado. No ayudaron a nadie más que a ellos mismos, iniciaron otra moda fácil, dieron un nuevo impulso a la moderna Kings Road de Londres y afirmaron que habían iniciado una revolución. La misma historia de siempre. Estábamos solos de nuevo.

A través de la neblina alcohólica, decidimos que nuestra misión era crear una alternativa real a la explotación del negocio de la música, queríamos ofrecer algo que diera en lugar de tomar y, sobre todo, queríamos hacerlo sobrevivir. Se han hecho demasiadas promesas desde los escenarios para luego ser olvidadas en las calles.

A lo largo del largo y solitario invierno de 77/78 tocamos regularmente en The White Lion, Putney, con los UK Subs. El público estaba formado principalmente por nosotros cuando tocaban los Subs y por los Subs cuando tocábamos nosotros. A veces era descorazonador, pero normalmente era divertido. El infatigable entusiasmo de Charley Harper era siempre una inspiración cuando los tiempos se volvían sombríos, su absoluta creencia en el punk como música del pueblo tenía más que ver con la revolución de lo que McClaren y sus compinches podrían haber soñado. Gracias a su tenacidad, estábamos desenmascarando a los charlatanes del punk por lo que realmente eran, una patraña del mundo de la música.

Nuestros conciertos seguían siendo salvajes y desordenados, todavía estábamos demasiado asustados para tocar sin la barriga llena de alcohol e invariablemente estábamos en tal estado que nos dábamos cuenta a mitad de una canción que cada uno de nosotros estaba tocando una diferente. A pesar de todo el caos era muy divertido, nadie se quejaba de las botas de cuero ni de la leche en el té, nadie quería saber cómo se podían reconciliar la anarquía y la paz, nadie nos aburría con largos monólogos sobre Bakunin, que en aquella época probablemente habríamos pensado que era una marca de vodka. Las ideas estaban abiertas, creábamos nuestra propia vida juntos. Eran los años gloriosos antes de que las alternativas libres que estábamos creando se convirtieran en otro conjunto de reglas intolerantes, antes de que lo que definíamos como verdadero punk se convirtiera en otro gueto escuálido. Incluso tocamos en un concierto de Rock Against Racism, el único concierto por el que nos pagaron. Cuando le dijimos al hombre que se quedara con el dinero para la causa, nos informó de que “esta era la causa”. Nunca volvimos a tocar para RAR.

A medida que los charlatanes se dirigían cada vez más a Estados Unidos, para conseguir una bocanada de lo que más les refrescaba, nosotros nos endurecimos por el aislamiento. Decidimos dejar de joder con la bebida y empezar a tomarnos a nosotros mismos mucho más en serio. Adoptamos la ropa negra como protesta contra el pavoneo narcisista de los fashion punks. Empezamos a incorporar el cine y el vídeo a nuestro set. Empezamos a producir folletos para explicar nuestras ideas y un periódico, International Anthem. Diseñamos la pancarta que colgaba detrás de nosotros hasta el final, y nos comprometimos a llevarla a cabo al menos hasta el final del entonces mítico 1984.

Más tarde, en el verano del 78, Pete Stennet, propietario de la añorada Small Wonder Records, escuchó una de nuestras maquetas y le encantó. Quería sacar un single, pero no se decidía por un tema, así que grabamos todas las canciones que habíamos escrito e hicimos el primer 45 multipistas de la historia. Llamamos al álbum The Feeding Of The Five Thousand porque 5000 era el número mínimo que podíamos conseguir prensar y unos 4900 más de los que pensábamos vender. Ahora a Feeding sólo le faltan unos cientos para hacerse de oro, aunque supongo que no oiremos hablar demasiado de ello en la prensa musical.

Así que, con toda nuestra puesta en escena grabada, envuelta en lo que entonces era un blanco y negro muy innovador, la prensa musical pudo comenzar el aluvión de ataques que nos ha seguido a lo largo de los años. Lo odiaban y nos odiaban, y su odio se desbordó positivamente. No es grandioso afirmar que hemos sido una de las bandas más influyentes en la historia del rock británico, es cierto que no hemos influido mucho en la música en sí, pero nuestro efecto en cuestiones sociales más amplias ha sido enorme. Desde el principio, los medios de comunicación han intentado ignorarnos y sólo cuando se han visto obligados por las circunstancias nos han dado crédito a regañadientes. Todo es bastante sencillo: si no entras en su juego, es decir, en la explotación comercial, no entrarán en el tuyo. La parte musical no sólo compra sus grupos, sino que también paga a la prensa musical. Los charlatanes se extienden más densamente y más profundamente de lo que podríamos haber imaginado.

Sin embargo, al darse cuenta de que éramos una amenaza para su control, empezaron a llegar las primeras ofertas del enemigo. El Sr. Big intentó comprarnos con vino barato y una oferta de 50000 libras si nos uníamos al “Paquete de Pursey”. También nos informó de que podía “revolucionar el mercado” y que nunca tendríamos éxito sin su ayuda. Fue la primera de muchas ofertas que rechazamos, nunca miramos atrás y, por cierto, no oímos mucho más de Jimmy Pursey.

Cuando Feeding salió en la primavera del 79, la primera pista había sido silenciada y bautizada como The Sound Of Free Speech [El sonido de la libertad de expresión]. La planta de prensado había decidido que la pista que había, Asylum, era demasiado blasfema para su, y tu, gusto. Así es la verdadera cara de la censura en el “mundo libre”.

Finalmente encontramos una imprenta dispuesta a trabajar con Asylum, así que lo regrabamos junto con Shaved Women, imprimimos las portadas en casa, lo vendimos a 45 peniques y nos arruinamos por completo.

Cuando salió a la venta, el single Reality Asylum tuvo problemas inmediatos. Las quejas del “público en general” provocaron redadas policiales en las tiendas de todo el país y una visita a nosotros de la viceescuadra de Scotland Yard. Después de una agradable tarde compartiendo el té con nuestros guardianes de la moralidad pública, nos quedamos con la amenaza de un juicio que se cernió sobre nosotros durante el año siguiente. Finalmente, recibimos una nota en la que se nos informaba de que éramos libres, pero que era mejor no volver a intentarlo. La naturaleza de nuestra “libertad” hizo que fuera inevitable volver a hacerlo y así se puso en marcha el interminable carrusel de acoso policial que ha continuado hasta hoy.

Fue en esta época cuando hicimos nuestra única sesión de radio para John Peel. A partir de entonces, nuestra creciente reputación de gamberros malhablados nos impidió salir al aire, aunque aparecimos en varios programas de entrevistas que nos llevaron a la lista negra de la BBC temporalmente. Al parecer, expresar opiniones disidentes sobre las Malvinas no es aceptable para el público que nos escucha, que abarrotó la centralita de la BBC con quejas.

Para contrarrestar las afirmaciones de la prensa de que no éramos más que matones de izquierda/derecha, que nunca pudieron distinguirnos del todo, empezamos a colgar una pancarta anarquista junto a la nuestra. En aquella época, la “A” circulada apenas se veía fuera de los límites de la literatura anarquista establecida y, por lo general, tediosa y de poca monta. En pocos meses el símbolo se veía decorando camperas de cuero, pins y paredes de todo el país, y en pocos años se extendió por todo el mundo. Puede que Rotten se proclamara anarquista, pero fuimos nosotros quienes creamos casi en solitario la anarquía como movimiento popular para millones de personas.

Al mismo tiempo, tras descubrir que la CND [Campaign for Nuclear Disarmament – Campaña por el Desarme Nuclear] seguía existiendo, aunque de forma desanimada y despreocupada, decidimos promover su causa, algo que en aquel momento la CND parecía incapaz de hacer por sí misma. Desde entonces, a pesar de los gritos de burla de la prensa musical, también exhibimos el símbolo de la paz en los conciertos.

Nuestros esfuerzos en la carretera hicieron que la CND volviera a la vida poco a poco. La dimos a conocer a los miles de personas que se convertirían en la columna vertebral de su renacimiento. Un nuevo sector de la sociedad, hasta entonces desinformado, estaba siendo expuesto a una forma de pensamiento radical que culminó en las grandes concentraciones, manifestaciones y acciones que continúan hoy en día.

El verdadero efecto de nuestro trabajo no se encuentra en los confines del rock n’roll, sino en las mentes radicalizadas de miles de personas en todo el mundo. Desde las Puertas de Greenham hasta el Muro de Berlín, desde las acciones de Stop The City hasta los conciertos clandestinos en Polonia, nuestra particular marca de anarco-pacifismo, ahora casi sinónimo de punk, se ha dado a conocer.

Desde principios del 77 nos dedicamos a mantener una guerra de grafitis por todo el centro de Londres. Nuestros mensajes con stencils, que iban desde «Lucha contra la guerra, no contra las guerras» hasta «Metete tu mierda sexista», fueron los primeros de este tipo que aparecieron en el Reino Unido e inspiraron todo un movimiento que, lamentablemente, ha sido eclipsado por los artistas de hip-hop, que no han hecho más que confirmar la naturaleza insidiosa de la cultura estadounidense.

Para celebrar nuestro éxito con la lata de spray, decidimos llamar a nuestro siguiente álbum Stations Of The Crass, cuya portada era una foto de algunos de nuestros trabajos en una de las estaciones del metro de Londres. Stations presentaba el primer envoltorio de seis pliegues de la historia y venía con un parche cosido que imprimimos en casa.

A estas alturas, Pete, de Small Wonder, empezaba a cansarse del tipo de atención policial que estábamos atrayendo a su tienda, así que pedimos prestado el dinero para lanzar Stations nosotros mismos. Se vendió tan bien que al cabo de muy poco tiempo pudimos devolver el préstamo y conseguir que las portadas se doblaran a máquina en lugar de hacerlas en casa a mano.

Las emisoras siguieron vendiéndose y pronto pudimos considerar la posibilidad de publicar material de otras bandas. Se creó Crass Records y empezamos con un single de Zounds [en realidad, Penny, Donna & The Kebabs fue el primero...], el primero de los más de cien grupos que hemos presentado al público desprevenido.

En la primavera de 1980, después de haber tocado en varios conciertos benéficos para el fondo de defensa de los anarquistas encarcelados, conocidos paradójicamente como “Persons Unknown” [“Persona desconocida”], nos pidieron, al ser liberados, que contribuyéramos a la creación de un Centro Anarquista. Grabamos Bloody Revolutions, con Persons Unknown de Poison Girls en el reverso, y el centro se inauguró con la recaudación. Durante más de un año existió una infeliz relación entre los anarquistas de la vieja escuela de Persons Unknown y los anarcopunks. Finalmente, la presión ideológica fue demasiado grande y el centro cerró.

La relativa facilidad con la que pudimos recaudar dinero para el centro nos demostró el enorme poder que teníamos para generar no sólo ideas, sino los medios para hacerlas posibles. A estas alturas atraíamos a grandes multitudes a nuestros conciertos, así que decidimos que el mejor uso que podíamos hacer de la situación era tocar sólo a beneficio. A lo largo de los años pudimos crear fondos para una gran variedad de causas diferentes.

Ahora parecía que era el momento de lanzar un ataque feminista. Hacía tiempo que éramos conscientes de que se nos tachaba de grupo molesto y de que el elemento feminista de nuestro trabajo era ampliamente ignorado. Lanzamos Penis Envy y la prensa musical, sin entender nada, lo anunció como hecho por «las únicas feministas lo suficientemente atractivas físicamente como para que estés seguro de que están cantando por elección y no por venganza». ¿Qué hacer con estos tipos? La reacción de muchos “fans” de Crass expresaba prejuicios similares, pero desde un ángulo totalmente diferente. Querían saber por qué sólo teníamos “pájaros cantando”. ¿El diablo o el profundo mar azul?

El último tema de Penis Envy, titulado Our Wedding, una sátira de la mierda romántica del slush MOR, fue ofrecido por “Creative Recording And Sound Services” a Loving, una revista especializada en la explotación de la soledad adolescente. Loving se enorgullecía de ofrecérselo a sus lectores como "algo imprescindible para ese día feliz". Cuando se descubrió el engaño, Fleet Street se estremeció, mientras las cabezas de Loving rodaban.

El lanzamiento de Penis Envy confirmó una sospecha que teníamos desde hace tiempo. Tras una semana en las tiendas, entró en las listas nacionales en el número quince, y a la semana siguiente no se encontraba en ningún lugar de los cien primeros puestos. La misma suerte había corrido Nagasaki Nightmare, sabíamos que no era posible estar tan alto en las listas una semana y a la siguiente no estar en ninguna parte. Nos parecía obvio que si las grandes discográficas pagaban para que sus discos “entraran” en las listas, también pagarían para que los nuestros “salieran”. Sabíamos que EMI no nos quería, había enviado una circular a sus departamentos de A&R prohibiendo todo contacto con el “personal de Crass” y sus tiendas HMV no han tocado nada de nuestro material desde que se opusieron al poster de Bloody Revolutions.

Llevábamos un tiempo haciendo giras por todo el Reino Unido, pisando valientemente donde ninguna banda había pisado antes. Salas de pueblo, cabañas de exploradores, centros comunitarios, cualquier lugar que no fuera ni los clubes de mala muerte ni el mimado circuito universitario. Cientos de personas viajaban para unirse a nosotros en lugares insólitos para celebrar nuestro mutuo sentido de la libertad. Compartimos nuestra música, películas, literatura, conversaciones, comida y té. Allá donde íbamos nos esperaban caras sonrientes, dispuestas a crear una alternativa a la monótona grisura que nos rodeaba.

No siempre fue fácil, siempre hubo quien quiso destruir lo que habíamos creado. Intentamos tocar en el Festival de Stonehenge, pero los moteros nos dieron una paliza; el National Front y el Socialist Workers Party  nos destrozaron los conciertos; recibimos a la Royal Ulster Constabulary en Belfast, mandamos a pasear al British Movement en Reading y fuimos apaleados por la Red Brigade en Londres. Hubo muchos problemas, pero nunca superaron la alegría.

A lo largo de 1981 estuvimos grabando Christ-The Album, que en el verano del 82 estaba listo para salir a la venta. Esta vez, sin embargo, los problemas superaron a la alegría. Gran Bretaña había entrado en guerra.

Sucesos insignificantes en una isla llamada South Georgia, de la que nadie había oído hablar, condujeron a sucesos significativos en una isla llamada Falklands de la que nadie había oído hablar. El primer pinchazo en la burbuja anarco-pacifista, un pinchazo que en el espacio de unos pocos meses la haría pedazos. Mientras los jóvenes morían por centenares, nuestras canciones, protestas y marchas, nuestros folletos, palabras e ideas parecían de repente carecer de valor. En realidad, sabíamos que lo que ofrecíamos tenía valor, que lo que creíamos valía la pena, pero por el momento todo parecía inútil.

Thatcher quería la guerra para mejorar la imagen de su partido antes de las elecciones. Si quería la guerra, la tendría, junto con cualquier otra cosa que se le antojara. Crucero, Pershing, PWR, Sindicatos, Dennis.

Ante el riesgo de ser vistos como los “traidores” que somos, a través de rutas tortuosas nos apresuramos a publicar un flexi contra la Guerra de las Malvinas y fuimos inmediatamente etiquetados como “traidores” por la prensa musical. También recibimos una severa advertencia de la Cámara de los Comunes para que “tuviéramos cuidado”. Las protestas contra la guerra parecían ser prácticamente inexistentes y las críticas en la prensa eran reprimidas. Cuando los problemas eran abstractos, el Movimiento por la Paz había estado muy contento de gritar “No más guerra”, ahora había una guerra sobre la que gritar, el silencio era doloroso.

Sin embargo, no fue hasta el final de la guerra y el lanzamiento de How Does It Feel To Be The Mother Of A Thousand Dead? [¿Cómo se siente ser la madre de mil muertos] que la mierda realmente golpeó el ventilador. Después de que Thatcher fuera preguntada en la Cámara de los Comunes si había escuchado el disco, era inevitable que ella y su partido quisieran castigarnos. El diputado tory Tim Eggar tuvo la desafortunada tarea de encabezar el proceso de acusación y desde el principio no pudo poner un pie en el camino correcto. El caso se desmoronó por completo cuando Eggar fue desenmascarado por nosotros en la radio en directo como un completo idiota. Los conservadores se echaron atrás inmediatamente después de su miserable actuación e incluso se tomaron la molestia de hacer circular una nota en la que se ordenaba a los miembros del partido que ignoraran toda provocación de nuestra parte. De repente, empezamos a recibir cartas de apoyo de miembros de la “oposición”. Quizá no estábamos solos. Fall guys or what!

Nos encontramos en un escenario extraño y aterrador. Habíamos querido hacer públicas nuestras opiniones, habíamos querido compartirlas con personas afines, pero ahora esas opiniones estaban siendo analizadas por esas oscuras sombras que habitaban los pasillos del poder. Eggar había creado una gran cantidad de publicidad para nuestra causa y la prensa la había engullido, especialmente aquellos a los que, literalmente a punta de pistola, se les había impedido obtener cualquier información real sobre la guerra. Era como si hubiéramos enganchado una ballena mientras pescábamos pececillos. No sabíamos si soltar la caña, o seguir tirando hasta agotarnos, lo que sabíamos, inevitablemente, que haríamos.

La velocidad con la que se desarrolló la Guerra de las Malvinas y la devastación que Thatcher estaba creando tanto en casa como en el extranjero, nos obligó a responder mucho más rápido de lo que habíamos necesitado antes. Christ-The Album había tardado tanto en producirse que algunas de las canciones que contenía, canciones que advertían de la inminencia de los disturbios y la guerra, se habían vuelto casi redundantes. Toxteth, Bristol, Brixton y las Malvinas estaban en llamas cuando lo publicamos. Nos sentimos avergonzados por nuestra lentitud, humillados por nuestra incapacidad. A finales del 82, conscientes de que el “movimiento” necesitaba una inyección de moral, organizamos el primer concierto okupa en décadas en el ya desaparecido Zig Zag Club de Londres. Junto con la comida gratuita y el abundante suministro de alcohol estafado, celebramos nuestra independencia una vez más, esta vez acompañados por otras veinte bandas, la flor y nata de lo que podría llamarse realmente “punk”. Juntos proporcionamos una explosión de energía de veinticuatro horas que inspiró acciones similares en todo el mundo. Habíamos aprendido la lección. El “hacelo vos mismo” nunca ha parecido tan real como aquel día en el Zig Zag.

En muchos aspectos, el Zig Zag consolidó nuestro pensamiento, el trabajo no había terminado en absoluto. Así que, decidiendo que debíamos aferrarnos a la caña y luchar contra la ballena, lanzamos un ataque total contra Thatcher y sus aliados. La carrera hacia las elecciones del 83 había comenzado, la “oposición” se había derrumbado. Los laboristas habían dado el inevitable y repugnante giro a su postura antinuclear y el Movimiento por la Paz estaba destrozado, silenciado por sus propios temores.

El álbum Yes Sir, I Will fue nuestra primera “respuesta táctica”, un grito apasionado dirigido a los que ejercen el poder y a los que lo aceptan pasivamente como autoridad. El mensaje del disco era alto y claro: «There is no authority but yourself» [No hay más autoridad que vos mismo].

A medida que nuestra posición política se polarizaba cada vez más, sentimos la necesidad de definir nuestros motivos de una manera más clara de lo que quizás habíamos hecho antes. Había que explicar el qué, el dónde y el por qué de nuestra ira, así como nuestra idea del “yo” [self]. A menudo se nos ha acusado de hacer eslóganes, ahora era el momento de salir a la luz. Varios miembros de la banda produjeron Acts Of Love, cincuenta poemas en forma de letras, en un intento de demostrar que la fuente de nuestra ira era el amor y no el odio, y que nuestra idea del yo no era la de un fanático social egocéntrico, sino la de un sentido interno del propio ser. La ambigüedad de nuestras actitudes empezaba a perturbarnos. ¿Era realmente posible una revolución incruenta? ¿Estábamos siendo verdaderamente realistas? ¿Estábamos siendo destruidos por nuestras propias paradojas?

Fue entonces cuando enviamos a la prensa mundial las ahora infames “cintas del Thatchergate”. La cinta, altamente editada, que tomaba la forma de una conversación telefónica entre Reagan y Thatcher, la hacía admitir su responsabilidad en el hundimiento del Belgrano, una cuestión a la que en ese momento no se había enfrentado, e implicaba el conocimiento de la decisión del Invincible de “hacer de prueba” del Sheffield, un hecho que todavía no ha salido a la luz. Para no dejar ninguna piedra sin remover, provocamos que Reagan amenazara con “bombardear” Europa en defensa del patrimonio americano, una hipótesis que probablemente no es tan descabellada como parece.

La cinta permaneció latente durante casi un año antes de salir a la luz en el Departamento de Estado en Washington DC. Los desmentidos categóricos que se emitieron en relación con la cinta y su contenido actuaron como una clara indicación de que los métodos que habíamos empleado para desacreditar a Thatcher y Reagan no eran en absoluto diferentes a los del Departamento de Estado. ¿Por qué, si no, se habrían tomado tan en serio nuestros esfuerzos un tanto amateurs de falsificación de cintas? Inevitablemente, agitaron el dedo acusador en dirección al Kremlin. Poco después, varios periódicos estadounidenses y el Sunday Times británico publicaron la historia como prueba del “juego sucio” del KGB. Era la primera vez que la prensa publicaba una noticia que, aunque de forma indirecta, cuestionaba la integridad de Thatcher en relación con el Belgrano. Nos invadió una mezcla de miedo y euforia, ¿debíamos o no exponer el engaño?

Nuestra indecisión se resolvió cuando un periodista de The Observer se puso en contacto con nosotros en relación con “cierta cinta”. Al principio negamos tener conocimiento, pero finalmente decidimos admitir nuestra responsabilidad. Habíamos sido meticulosamente cuidadosos en la producción y distribución de la cinta para asegurarnos de que nadie supiera de nuestra participación. Cómo consiguió The Observer la información que nos llevó a nosotros es un completo misterio. Actuó como una advertencia sustancial, si las paredes tenían efectivamente oídos, ¿cuánto más se sabía de nuestras actividades?

Desde los días de los grafitis del 77 habíamos participado en varias formas de acción, desde el rociado hasta el corte de cables, el sabotaje y el subterfugio. Nos preocupaba que, si hacíamos pública la cinta, salieran a la luz todo tipo de “delitos”. Ahora nos habíamos expuesto a ese riesgo y el teléfono empezó a sonar.

Los medios de comunicación de todo el mundo se abalanzaron sobre la historia, encantados de que un “grupo de punks” hubiera dejado en ridículo al Departamento de Estado, y “por cierto, ¿qué otra cosa habíamos hecho?” A lo largo de los años como banda nunca habíamos atraído tanta atención, el teléfono sonaba incesantemente, viajábamos aquí y allá para hacer entrevistas, de repente éramos “estrellas mediáticas”. Fuimos entrevistados por la prensa rusa mientras las cámaras de la televisión estadounidense grababan el acontecimiento, estuvimos en directo en los desayunos de la televisión estadounidense, hablamos con las emisoras de radio desde Essex hasta Tokio, dando siempre el punto de vista anarquista a cada pregunta. Habíamos conseguido una forma de poder político, habíamos encontrado una voz, nos trataban con un respeto ligeramente asombrado, pero ¿era realmente eso lo que queríamos? ¿Era eso lo que nos habíamos propuesto hace tantos años?

Después de siete años en la carretera nos habíamos convertido en lo mismo que atacábamos. Habíamos encontrado una plataforma para nuestras ideas, pero en algún momento habíamos perdido nuestra perspicacia. Donde antes habíamos sido generosos y extrovertidos, ahora nos habíamos vuelto cínicos e introvertidos. Nuestras actividades siempre habían estado teñidas de ligereza y humor, ahora veíamos que nos habíamos ido acercando cada vez más a la oscuridad y a una militancia a menudo mal concebida. Nos habíamos vuelto amargados donde antes habíamos sido alegres, pesimistas donde antes el optimismo había sido nuestra causa. A lo largo de esos siete años habíamos atraído un acoso estatal directo e indirecto casi constante, ahora, inevitablemente, volvían a golpear.

1984 había llegado, bastante peor de lo que Orwell había predicho. Desempleo, falta de vivienda, pobreza, hambre. El estado policial se había convertido en una realidad, como iban a descubrir los mineros. La muerte “accidental” por parte del ejército privado de los chicos de azul de Thatcher se había convertido en una norma aceptable. El equilibrio de toda una sociedad colgaba de los cordones de un déspota despiadado e indiferente. Mucho menos importante era nuestro propio destino. Fuimos llevados a los tribunales para enfrentarnos a una acusación de obscenidad que casi nos destroza. Tenemos formas de hacer que no hablen".

Ese verano dimos el que iba a ser nuestro último concierto juntos, un alborotado acto benéfico para los mineros del sur de Gales. Desde el escenario nos comprometimos a seguir trabajando por la causa de la libertad, pero, mientras volvíamos a casa, todos sabíamos que el camino que habíamos seguido se había agotado. Necesitábamos nuevas formas de abordar nuestros objetivos y, unas semanas después del concierto, Hari Nana dejó el grupo para buscar el suyo. No nos sentimos obligados a seguir actuando. Ya no estábamos convencidos de que al ofrecer lo que se había convertido en general en entretenimiento estuviéramos teniendo algún efecto real. Ya habíamos dado nuestro punto de vista y si después de siete años la gente no lo había aceptado, seguramente no era porque no nos hubiéramos esforzado lo suficiente.

«No hay más autoridad que vos mismo», decíamos, pero nos habíamos perdido y convertido en CRASS. Todavía estamos inmersos en el proceso, a menudo doloroso, de volver a encontrarnos a nosotros mismos, de curarnos de las heridas autoinfligidas de la “vida pública”. El “movimiento”, desde Class War hasta los Cristianos por la Paz, necesita recuperar la dignidad que ha perdido en el proceso de intentar enfrentarse a problemas que parecen ser creados por otros. Todos hemos sido culpables de definir al enemigo, y de hecho hay quienes quieren obstruir el curso de la libertad, pero en última instancia el enemigo se encuentra dentro. No hay “ellos” y “nosotros”, sólo hay “vos” y "yo". Tenemos que consolidar, reevaluar, rechazar lo que evidentemente no funciona y estar preparados para adoptar ideas y actitudes que sí lo hagan. Necesitamos encontrar el “yo” que pueda ser realmente la autoridad que es. Tenemos que mirar más allá de las alambradas y de las filas de la policía en busca de una visión de la vida que sea de nuestra elección, no la que dictan los cínicos y los déspotas. El exponente del karate no apunta al ladrillo cuando quiere romperlo, sino al espacio que hay más allá. Haríamos bien en aprender de ese ejemplo.

Hemos gastado demasiado tiempo, energía y espíritu en intentar disipar la sombra del mal proyectada sobre nosotros por la violencia y el terror de la era nuclear. Esa sombra se ha convertido en una mancha en nuestros corazones. Es hora de lavar esa mancha y salir de la sombra hacia la luz. Nos hemos quedado atrapados en el miedo fuera de las metafóricas puertas de Greenham. “Llama y entrarás. El reino de los cielos está dentro tuyo”.

Ya conocemos bastante la enfermedad del mundo, debemos tener cuidado de no añadirla con nuestro propio agotamiento físico y mental y nuestra mala salud. Si queremos alcanzar nuestros objetivos comunes, cada uno de nosotros debe ser lo suficientemente fuerte para hacerlo. Todos hemos fracasado y todos hemos tenido éxito. Este no es un final de cola entre las piernas, sino un comienzo orgulloso, aunque doloroso y confuso.

Amor, paz y libertad,
lo que fue CRASS, pero ahora sabe mejor

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